domingo, 24 de febrero de 2013

Mayra en la voz - Eduardo Cote




Yo sé que Mayra está hablando porque los pájaros
sienten sus gargantas vacías, porque
más allá el roble es sólo una palabra
que nutre, luz arriba, hasta el ramaje,
el sueño de unos ángeles en vuelo:
eco de sed rendido hasta sus labios.

El mar en su boca se devuelve a los ríos
buscando los árboles que palparon sus lomos,
y repicando espuma, alarga su cuerpo por los cauces
donde tímidos peces inician juegos fluviales.

La tierra se enceguece, cierra todos
los montes, hace callar los volcanes
y despacio mueve su piel inmensa
de fabuloso toro, alza la testa
y respira con los árboles el aire
que va saliendo de la voz de Mayra
como un abrazo amoroso, interminable.

La voz de Mayra echada en tierra en el verano
es vegetal como la yerba debajo de los silbos,
es como el cocuyo debajo de la noche
o como si detrás del trigo se notara
el sembrador con una espiga entre los dedos.

En el polen de su aliento hay un bosque
donde respiran las cuatro estaciones:


parece un año quieto en una aurora
donde el borde del viento son los días.

Yo tracé un mapa en la voz de Mayra.
Dibujé continentes, océanos, trasatlánticos,
vastas arenas, lluvias adolescentes,
minas de amapolas con ocultos filones de rosas.
yo pinté cielos altos con luceros más altos
para que su voz subiera por las horas
sin encontrarse con el tiempo.
Y también hice sobre la voz de Mayra
un sitio para mí, humilde,
una isla fugitiva de los barcos.

Su nombre es la sombra de su voz,
su hermosa voz que como un prado se extiende
por el aire;
y para nombrarla hay que llenar las manos de
raíces,
llevar sobre el pecho la lentitud de las hojas
y ser un poco sembrador, un poco trigo.

Pero su voz es de pronto atravesada por las
primeras trenzas
que caían en gotas rubias a la altura del pecho.
Y las manchas también rubias
que en una noche de firmamento alegre
se fueron desgranando hasta su cara
donde se han quedado veinte años.
¡Oh islas rubias que dicen polvo de horas
hermosísimas!

Mayra en todo es voz.
Mayra tiene ojos pero su voz mira,
Mayra tiene boca pero su voz está en un beso,
Mayra tiene manos pero su voz es tacto,
Mayra tiene vientre pero su voz alumbra,
Mayra tiene pies pero su voz es huella,
Maayra tiene sangre pero su voz va por
las venas
balanceando su corazón.

Dios calla de pronto:
por eso cuando ella habla El se queda mudo
y sólo puede dirigir el mundo
con el tacto celeste que circunda sus manos
larguísimas
y que sumerge dentro de la voz de Mayra
para sacarlas chorreando arroyos,
acuáticos lugares sin madera
donde nadan los ángeles.

Yo he ocultado mi sombre entre la voz de
Mayra
para ser luminoso en el crepúsculo,
para tener los huesos sembrados de sonidos,
para que cuando llegue la muerte
se embriague de luz pura.

Ella se irá también como por un crepúsculo.
Y ya me duele su nombre en cada estrella
.



                                     

Hemos Viajado Juntos.- Jesús Munárriz



Hemos viajado juntos
a toda vela,
hemos andado siempre
las mismas sendas.

Caminos del cerebro
y los sentidos,
rutas de tus ensueños
y de los míos.

Mano a mano
tú y yo
codo con codo,
viajeros por iguales
pieles y poros.

Pensamientos perdidos
labios sedientos,
deseos en la sombra,
soñar despiertos.

Tú me has dado la mano:
no me la sueltes,
sabes que cualquier día
vendrá la muerte.

Mano a mano
tú y yo
codo con codo,
viajeros por iguales
pieles y poros.



jueves, 27 de diciembre de 2012

L’Ànima de les Flors - Joan Maragall

Aquelles dues flors que hi ha posades
al mig del caminal,
qui és que les hi deu haver llençades?
Qui sia, tant si val.

Aquelles dues flors no estan pas tristes,
no, no: riuen al sol.
M’han encantat així que les he vistes
posades a morir, mes sense dol.

“Morirem aviat, lluny de la planta
-elles deuen pensar-;
mes ara nostre brill el poeta encanta,
i això mai morirà.”


 a la meva mare que avui fa un any que se'n va anar

domingo, 22 de julio de 2012

Panorama Ciego de Nueva York - Federico García Lorca

Si no son los pájaros
cubiertos de ceniza,
si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,
serán las delicadas criaturas del aire
que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.
Pero no, no son los pájaros,
porque los pájaros están a punto de ser bueyes;
pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna
y son siempre muchachos heridos
antes de que los jueces levanten la tela.
Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
No está en el aire ni en nuestra vida,
ni en estas terrazas llenas de humo.
El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
es una pequeña quemadura infinita
en los ojos inocentes de los otros sistemas.

Un traje abandonado pesa tanto en los hombros

que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.
Y las que mueren de parto saben en la última hora
que todo rumor será piedra y toda huella latido.
Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales
donde el filósofo es devorado por los chinos y las orugas.
Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
pequeñas golondrinas con muletas
que sabían pronunciar la palabra amor.

No, no son los pájaros.

No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre de laguna,
ni el ansia de asesinato que nos oprime cada momento,
ni el metálico rumor de suicidio que nos anima cada madrugada,
Es una cápsula de aire donde nos duele todo el mundo,
es un pequeño espacio vivo al loco unisón de la luz,
es una escala indefinible donde las nubes y rosas olvidan
el griterío chino que bulle por el desembarcadero de la sangre.
Yo muchas veces me he perdido
para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas
y sólo he encontrado marineros echados sobre las barandillas
y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.
Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas
donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos;
plazas del cielo extraño para las antiguas estatuas ilesas
y para la tierna intimidad de los volcanes.
No hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes,
pero dientes que callarán aislados por el raso negro.
No hay dolor en la voz. Aquí sólo existe la Tierra.
La Tierra con sus puertas de siempre
que llevan al rubor de los frutos.
                                        

domingo, 3 de junio de 2012

Fósiles Carlos Barral


Sumérjase el alma un instante
en el árido mar del deseo
y surja falaz de su espuma
tu efigie de bronce
Agite la brisa a su soplo
tus negros y sueltos cabellos
y envuelta en su halago
la bruma de tu cuerpo.
Al blanco cuenco de tus blandas manos,
febril apoyo de mi ardiente frente,
al brillo rojo de tus labios finos
dulce caricia de mi boca torpe,
siempre soñada.
Tú que derramas sobre tu frente un bucle,
al inclinarse triste la cabeza,
tú, que amedrentas en tus ojos negros
la melancólica luz y el dulce brillo
la que en el cuello dilatas un sollozo,
y en los labios humedeces un suspiro.
Sincronía de suspiros blandos,
sabrosa de salobre, teñida de resol,
moldeada en la morena carne
de la virgen del arpegio dulce
y pastoral.  


Está solo. Para seguir camino... Luis García Montero


Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cunado pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.

Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana

con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,

dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.

Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino

acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario

aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Tiempo de habitaciones separadas. 


El Poema De Amor Que Nunca Escribirás Carlos Marzal


Debería nombrar (debería intentarlo)
el afán hasta hoy por ti dilapidado
en perseguir amor, que quizá fuera tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.
Debería acoger, dar lugar a unos labios
que nombraran sin fe, sólo de cuándo en cuándo
-por momentos, sinceros; por momentos, falsarios-
diálogos de alcoba que pareciesen tangos
(eso acaban por ser, o algo más triste acaso,
siempre que en la distancia solemos evocarlos):
De esta vida tan sucia, de sus trabajos vanos,
me consuela, mi amor, el fingir, fabulando,
otra eterna contigo, cogidos de la mano.
Y habría de alojar dictámenes sagrados,
con los que, ya bebidos, tanto nos excitamos:
De entre todas las perras que en la noche he tratado,
la más perra eres tú. Debería, malsano,
contener esas citas de los domingos vastos,
insulsas y festivas, amasadas de hartazgo,
en que la vida toda se obstina en maltratarnos,
con su aire de ramera experta en el contagio
del odio hacia la vida, del tedio y del cansancio.
No podrían faltar los cuerpos del verano,
cuando la adolescencia ardía por el tacto,
en especial aquél de todo lo vedado.
Ni habría de omitir el vicio solitario,
por el amor perdido en inventar los rasgos
del amor, que, entretanto, no dormía a tu lado.
Y en él habitarían con todo su sarcasmo
-al fin y al cabo son tristes muertos de antaño,
fragmentos de tu vida que salvas del naufragio-
las cartas sin respuesta; yesos aniversarios,
tiernamente ridículos después de celebrados,
  que dejan en el alma aroma a mal teatro.
Y los reproches mutuos, merecidos y agrios,
dirigidos al centro del dolor, como un dardo
con toda la miseria que acarrean los años.
El placer del acoso, cuando el amor intacto,
y cuando la ignorancia, ese bálsamo arcano,
no señalaba límites al indudable ocaso.
El maldito poema tanto tiempo aplazado,
y que no escribirás, porque el tema es ingrato,
querría redimirte de todos tus letargos.
Una voz que te daña diría murmurando:
Del amor, amor mío, te quiero siempre esclavo,
para que tus palabras no tengan que inventarlo.
Quien a ese poema de amor dilapidado
incauto se atreviera, sin calcular el daño,
amaría el amor, probablemente tanto
como el afán de huir, fatigado hasta el asco,
de todas las trastiendas, repletas de fracasos,
que los cuerpos arrastran, y en que nos arrastramos.